La mente creadora

por | Nov 12, 2019 | Las formas de la Creatividad

Se preguntaba Stefan Zweig, en un breve pero revelador ensayo  que dedicó a los misterios de la mente creadora de los artística,  que “¿en mérito de qué encantamiento, de qué magia consigue un hombre superar los límites del tiempo y de la muerteMuchos interrogantes se abren acerca del arte de crear. ¿Qué es lo que hace de alguien un artista? ¿Por qué las obras de algunos, personas corrientes, que no se distinguen a primera vista de otros, que comparten su tiempo con otros, que viven en circunstancias parecidas a otros, que comparten los mismos problemas, les trascienden a ellos y a su generación? ¿De dónde emana el torrente creativo de artistas capaces de engendrar, día sí día también, obras de arte que les sobrevivirán? Stefan Zweig se refiere poéticamente al encantamiento y a la magia. Desde luego, esos hombres y mujeres son percibidos con frecuencia por los demás como envueltos por un halo mágico, a veces incluso divino, que pueda explicar esas proezas. Alrededor de figuras excepcionales como ShakespearDante, Miguel Ángel o Mozart, se ha forjado toda una mística, alimentada de todo tipo de especulaciones, que  pueda explicar sus proezas, atribuyéndoles incluso cualidades sobrehumanas. Sobre ellos pesa el mito, llámese Prometeo, llámese civilización. Pero lo cierto es que nada hay más humano que el proceso creativo y su consecuencia. 

 El canon está lleno de creadores, de artistas que han llevado la civilización hasta donde la conocemos. En los inicios de los tiempos el hombre empezó a crear. Creó su mundo a través de su arte, su literatura, su música, creó, en definitiva, todo aquello que nos hace humanos. Millones de años después el artista sigue creando el mundo. Pero si son muchos lo que aparecen en el canon, son más los que no aparecen en él, y debieran. Con frecuencia, personajes que han dedicado su vida a un arte considerado menor, no han logrado trascender su espacio, y han sido olvidados. Pero no por ello dejan de ser genios. Jerry Goldsmith fue tan prolífico como pudo ser Honoré de Balzac, quien escribió más de cien novelas a lo largo de su vida, muchas de las cuales se podrían tildar de obras maestras. Balzac elaboró una magna obra en torno a lo que él llamó “La comedie humaine”. Compuesta por más cincuenta novelas, pretendía trasladar en su integridad la sociedad de su época a los libros. Goldsmith hizo algo parecido con la música: elaboró un diccionario musical de emociones humanas. La industria en la que desarrolló su talento le llevó a ello.  Goldsmith no inventó nada. Se limitó a desarrollar lo que otros habían empezado, pero lo hizo con tal sensibilidad y maestría que ya solo por eso merece un puesto en la historia, no de la música de cine, sino de la música con mayúsculas. 

Jerry Goldsmith era un portento de productividad. Era habitual para él componer entre cinco y seis bandas sonoras por año. Con frecuencia nos sorprendemos cuando escuchamos que Mozart era capaz de componer una pieza musical en apenas unos minutos, o que Rossini componía una ópera entera en menos de quince días, o que Händel tuvo listo su Mesías en dieciséis. Sin duda eran personajes que agradaban a las musas, que habían nacido con un don. El mismo don con el que nació Goldsmith, y con el que han nacido tantos artistas, que por no haberse dedicado a un arte mayor, han sido olvidados.  

No es difícil imaginar a Goldsmith en el fragor de su tarea, cogiendo las notas al vuelo y colocándolas en el pentagrama, al igual que hacía Balzac con las palabras para componer sus más de cuarenta páginas de prosa diaria. Una auténtica proeza. En ocasiones escuchamos que la productividad es enemiga de la inspiración. Sobran los ejemplos que muestran lo contrario. Gerog Phillip Telemann (1681-1767) compuso más de 800 obras, y por ello está considerado el más prolífico de la historia. Su obra es tan basta que ni siquiera él fue capaz de llevar la cuenta. Mozart, Bach o Chopin figuran también entre los más fecundosTodos ellos genios indiscutidos, aunque algunos tuvieran que encontrar su lugar en la historia muchos años después de su muerte, comfue el caso de Johann Sebastian Bach (1685-1750). La humanidad se hubiera visto privada de uno de los mayores logros de la creación humana, como es la música de Bach, si el musicólogo alemán Johann Nikolaus Forkel (1749-1818) no hubiera escrito su biografía en 1802, y un precoz Felix Mendelssohn (1809-1947), con solo 20 años de edad, no hubiera rescatado la Pasión según San Mateo y la hubiera ofrecido al público berlinés en 1829. En la espiral de la historia, Forkel y Mendelssohn actuaron de seleccionadores naturales, aún en momentos, como eran  aquellos años, en los que la música antigua, como era considerada la música de Bach,  gozaba de poca aceptación popular.  

Una especie de darwinismo social se ensaña con aquellas obras que no responden a los gustos de una época. Cuántas obras maestras no han trascendido por culpa, muchas veces, de la inseguridad del autor, o de la miopía de un editor, la crítica, la industria o de un público que en ese momento está mirando hacia otro lado. Figuras como las de Forkel o Mendelssohn son tan necesarias como el propio artista. Sin ellos toda una obra puede llegar a perderse para siempre.  

 

Extracto de Jerry Goldsmith, Música para un camaleón. C.Aguilera, J.Carreras. T&B Editores. 2014

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